Un verano de aquellos, no nacieron flores, se desvío el río por los desbordes.
Caí en desgracia, me llamaba cobarde, el tiempo corría y se me hacía tarde.
Detectaba una anomalía en mi cuerpo, no podía llevar todo en mis hombros, estaba cansado.
Las olas me iban arrastrando.
Pero era yo quién daría el mensaje.
Era un raro contenido, una obra de arte, un hermoso paisaje.
Me enviaron las estrellas, por un motivo esperanzador.
Un dormitorio solitario, un trastorno dedicado.
El mensaje decía que tenía que ser feliz, que lo había hecho bien.
Me vine a dar cuenta recién.
Los demás días pasan y pasan, cada corazón es un cielo despejado.
Y si vences la pena, los latidos te los habrás ganado.
La superficie del arte es el detalle del pintor.
La valentía se basa en la incertidumbre del terror.
Cada día, cada noche, este mundo necesita amor.