La bala que atravesaba mi cabeza lo decía todo.
A veces se pierde.
Otras pocas, se gana.
Yo me sentía atacado de muchas formas, de tantos lados. No tenía forma de defenderme.
No podía ir y luchar sin más, no podía. Mis enseñanzas del mundo tiempo me decían que era imposible retomar la ruta hacía la esperanza.
Que no había nada allí.
Nada que me esperaba.
Nada era incondicional.
Las rupturas de mis ojos sólo veían asquerosa miseria.
Es como si mi querida rosa muriera.
Entre mis manos.
Y con ellas prometí tocar el cielo.
Que en algún momento vendría mi momento.
Pero no me han llamado a escena.