Un hombre solitario en un museo lleno de luces vacías, yace cegado por estas, un llamado del destino lo consume.
Se pregunta a si mismo: "¿Quién soy? ¿O para que estoy? No soy de aquí, ni el lugar soy yo, me pierdo entre recuerdos difusos o no conozco las emociones que habitan en mí".
Suspirando a la par del viento lejano, miró los retratos que no le parecían la gran cosa, nada le inspiraba, podía sentirlo así.
Miraba las esculturas y veía en cada rostro un cielo descubierto, lleno de estrellas brillantes.
"Con este frío me doy cuenta de la ausencia de la esperanza y con ello todo lo bueno se fué. ¿Que significa esperanza? Para mí es la base de la felicidad, es lo que nos mantiene vivos y lejos de la oscura muerte, que a lo oscuro nos acecha los sueños más profundos. La esperanza es una oportunidad para seguir adelante, aunque el valle se derrumbe ante tí o las estrellas se caigan con tal fuerza que sean meteoritos.
Soy un forastero, un vendedor de complejos gratis. Soy una impresora de vivos recuerdos, la tierra que sacude la tristeza.
Pero, si no existo en verdad, ¿Quién soy? Soy una verdad alterada, una mentira de pocos.
Yo sacrificaría la esperanza, la que nunca estuvo muerta, con tal de alterar el tiempo y volver a vivir una vez más.
Romper los esquemas que nos hacen idóneos, nadie es perfecto en esta tierra, somos ciegos en tierras visibles, y aterrados por lo invisible que se esconde de nosotros mismos".
Marchitandose en avenidas mojadas, alterado por la lluvia y disuelto por la distancia.
Doble atardecer, una que en sus ojos se ve.
Otra que por la pena no se va.
Permanece en el alma, constantemente en búsqueda de algún lugar en que pueda ser su hogar.
Volando en el carmesí de un carrusel, en la punta y luego abajo.
En el suelo dónde pertenecemos.